Lo inconcluso también es una elección

4 min de lectura

En una ciudad con una oferta gastronómica tan vasta, donde cada semana aparece en redes algún reel de un foodie local descubriendo un restaurante nuevo, elegir un favorito me resulta paralizante. A veces me voy a lo seguro, pero casi siempre queda esa punzada: la sensación de que podría estar perdiéndome algo mejor.

Con los años he descubierto que prefiero los menús breves y directos. Esos que permiten decidir sin tener que convertirme en intérprete de otro idioma. Porque seamos honestos: no quiero una experiencia antropológica, solo quiero saber si el plato es lo que espero… o una emboscada de algo que detesto.

No sé si el “dúo de ovoproductos orgánicos en emulsión de huerto” o la “trilogía de la milpa en texturas de huevo” serán una sorpresa o una decepción. O peor: si detrás de tanto adjetivo elegante se esconde mayonesa o ese aderezo de chipotle que tanto detesto.

Después de diez minutos, de preguntar si el “aire de epazote” pica y de intentar imaginar la arquitectura del plato, el mesero se acerca por tercera vez. Ante el pánico de que la apuesta de cuatrocientos noventa y cinco pesos sea un desastre, cierro el menú y reconozco mi derrota:

—Voy a querer unos chilaquiles verdes, por favor.

a person eating a taco with a fork

Entre más opciones aparecen, más fácil es refugiarse en lo conocido. Terminamos pidiendo el sabor de vainilla de la vida no porque sea nuestro favorito, sino porque equivocarnos cuesta demasiado caro.

Ese mismo gesto se repite cuando abro mi galería o mis aplicaciones de compras.

Tengo capturas de vestidos, bolsas y accesorios guardadas “para después”. Carritos llenos que sobreviven meses sin convertirse en nada. No compro porque dudo: soy demasiado baja para ese corte, tengo demasiado busto para ese escote, demasiado algo para casi todo. Pero tampoco elimino. Solo acumulo.

Como quien guarda versiones posibles de sí misma.

Vivimos rodeados de estímulos que desfilan en un scroll infinito. Para algunos, decidir se vuelve una forma de parálisis. No tanto por miedo a elegir mal, sino por lo que implica elegir.

Porque elegir no solo abre una posibilidad. También cierra muchas otras.

A veces pedimos opinión no porque nos falte criterio, sino porque queremos repartir el peso. Que alguien más valide, que alguien más confirme. Pero al final, la elección —y sus consecuencias— siempre regresan a uno.

“La angustia es el vértigo de la libertad” – Søren Kierkegaard.

No le tememos a lo superficial, sino a ese instante en el que entendemos que decidir es un acto de lucidez, pero también de renuncia. Cada elección define, delimita, recorta.

Nuestra generación vive con una especie de FOMO existencial. Creemos que al elegir algo estamos renunciando para siempre a algo mejor. Preferimos la ilusión de tenerlo todo disponible, aunque nunca ocurra.

Elegir es excluir. Pero no elegir también lo es: una forma silenciosa de quedarse inmóvil.

Con el tiempo, uno entiende que no se trata de encontrar la opción perfecta, sino de sostener la que se elige sin mirar constantemente hacia atrás. Dejar de acumular posibilidades como si fueran promesas de una mejor versión de nosotros, y empezar a convertir algunas en experiencia, aunque sean imperfectas.

Porque la vida no ocurre en el menú ni en el carrito.

Ocurre en lo que sí se pide.

En lo que sí se compra.

En lo que sí se vive.

Y crecer, tal vez, no es tener más opciones, sino aprender a cerrar algunas puertas sin sentir que estamos perdiéndolo todo.


Comentarios

One response to “Lo inconcluso también es una elección”

  1. Avatar de Luis Kael
    Luis Kael

    Totalmente de acuerdo!!
    Oooodio esas cartas rimbombantes que al final, casi siempre son una decepción y terminas yendo por algo más para llenar ese huequito de decepción.

Deja un comentario

Descubre más desde Fuera de horario.

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo