
Hay sitios que se quedan pegados a la suela, mucho después de dar el último portazo. Al volver la vista, no me invade la nostalgia sino el cariño de aquel rincón donde aprendí a inventarme un universo a mi medida.
Existe una paz engañosa en el arraigo, en el empeño de ponerle nombre y esencia a cuatro paredes para sentir que el mundo nos pertenece. Construimos nuestro refugio para no vernos a la intemperie, olvidando que podemos confundir raíces con anclas.
Pero llega un martes cualquiera en el que entiendes que la seguridad es un traje que empieza a apretar. Que para ensanchar el alma hay que deshabitar el cuerpo que fuimos. Soltar no es perder el norte; es reconocer que el mapa ya no coincide con el territorio y que decir adiós es el único modo de no quedarse a vivir en una fotografía.
