• La amplitud del resto.


    Hay sitios que se quedan pegados a la suela, mucho después de dar el último portazo. Al volver la vista, no me invade la nostalgia sino el cariño de aquel rincón donde aprendí a inventarme un universo a mi medida.


    Pero llega un martes cualquiera en el que entiendes que la seguridad es un traje que empieza a apretar. Que para ensanchar el alma hay que deshabitar el cuerpo que fuimos. Soltar no es perder el norte; es reconocer que el mapa ya no coincide con el territorio y que decir adiós es el único modo de no quedarse a vivir en una fotografía.


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