La amplitud del resto.

Ni nostalgia ni dramas de domingo. Irse es una cuestión de etiqueta: se sale por la puerta principal cuando el alma pide aire y la casa necesita silencio. Porque al final, deshabitarse es la única forma de volver a encontrarse.

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Hay sitios que se quedan pegados a la suela, mucho después de dar el último portazo. Al volver la vista, no me invade la nostalgia sino el cariño de aquel rincón donde aprendí a inventarme un universo a mi medida.


Pero llega un martes cualquiera en el que entiendes que la seguridad es un traje que empieza a apretar. Que para ensanchar el alma hay que deshabitar el cuerpo que fuimos. Soltar no es perder el norte; es reconocer que el mapa ya no coincide con el territorio y que decir adiós es el único modo de no quedarse a vivir en una fotografía.

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