
Conocer personas nuevas siempre apunta a responder la pregunta inicial ¿quién soy? Normalmente, nos presentamos por nuestra trayectoria profesional como insignia: el título colgado en la pared, el tiempo de permanencia en un sector, o el rol que desempeñamos en nuestra familia. Somos expertos en definirnos por lo que hacemos, pero el ejercicio se vuelve un poco más complejo al describir a la persona que nos habita cuando nadie nos está observando.
Es cómodo refugiarse en la descripción de un puesto de trabajo; porque muchas veces nos hace sentir orgullosos, nos da un estatus en la sociedad, pero también nos evita tener que profundizar en las cosas que elegimos hacer cuando el reloj de las obligaciones se detiene. Ahí, en el tiempo libre de etiquetas, es donde aparecemos de verdad: en el género del libro que leemos por antojo, en esa canción que ponemos en bucle mientras nos arreglamos para salir, en las palabras que soltamos sin filtro en una sobremesa con amigos, incluso en la energía que le ponemos a esos proyectos que no le rinden cuentas a nadie más que a nuestra propia curiosidad.
Hay tanta infinidad en nuestro ser, escuchamos ese enunciado que dicta que nunca dean atraviesan la misma dinámica. Es en los picos de irritación, en la vulnerabilidad de la tristeza o cuando la alegría nos desborda, donde otros fragmentos de nuestra arquitectura interna salen a la superficie para recordarnos que el sistema sigue actualizándose.
Definir nuestra identidad no es un destino estático, es un proceso de autoconocimiento y sobre todo de eliminación. Nos descubrimos en el momento en que nos atrevemos a modificar nuestra propia estructura y decir «esto ya no me representa». Al final, saber quiénes somos no consiste en acumular definiciones, sino en tener el valor de quitar etiquetas con las que en muchas ocasiones estuvimos conformes, pero que ahora necesitan removerse para dejar que nuestra nueva esencia —esa que no necesita títulos, explicaciones ni algoritmos externos— simplemente respire.
Nos movemos por la vida con una urgencia prestada, invirtiendo horas sagradas en pulir una armadura que solo sirve para que los demás sepan dónde encasillarnos. Le dedicamos años a la maestría, a un oficio, pero somos tacaños con el tiempo que le otorgamos a nuestra propia metamorfosis. Es una ironía amarga: nos aterra que nos desconozcan, pero nos vivimos con la apatía de conocernos a solas. Evolucionar duele porque exige que nos miremos al espejo y aceptemos que nuestra silueta en muchas ocasiones contiene un silencio que no sabemos cómo llenar.
Hoy, hagamos un inventario honesto, de esos que arden un poco. En los últimos dos meses, ¿cuánto espacio has reservado para alimentar los gustos que sientes que te definen en el presente? ¿Cuántas citas has intencionado para explorar ese proyecto que tienes en la cabeza que no va a ninguna parte o para leer ese libro que no te hará «más productivo»?
Si revisamos nuestras agendas, a menudo descubrimos que somos los últimos invitados en nuestra cotidianidad, dejando que los compromisos ajenos sigan programando nuestros días, viviendo en una mente que, si no se nutre de curiosidad, termina por volverse un cascarón vacío.
Jan.

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